lunes, 18 de enero de 2010

Cuando los sonidos mueren

Solía ser visitante de las bellas esperanzas
que rodean el mundo, pero hoy duermo.
Aunque tengo pesadillas y feos sueños
hago de cuenta que nada malo existe
y que sobreviviré otra Luna.

Aunque las sombras me indagan
y me invaden aprieto fuertemente los párpados,
disimulo, sé que siguen allí y me dan miedo.

Acostumbraba vestirme de rosa y blanco,
dibujar sonrisas y miradas brillantes,
tararear canciones tontas y divertidas,
reír sin razón alguna. Yo era feliz.

Solía acaparar los días con amor,
acurrucarlo en mi pecho
y esparcirlo con la ayuda del sol.

Andaba descalza por las nubes de la casa,
acaparaba la tierra entre mis dedos
y saludaba a mi lombriz.
Yo también tenía un árbol.

En lo alto estaban mis ramas favoritas
y los nidos de los pajaritos. Ellos cantaban para mí.

¿Cuándo perdí las ganas de tocar la vida?
Mi piano era grande, el más largo del mundo,
mi guitarra era española.
Todo cambió cuando descubrí esa caracola,
era demasiado hermosa pero yo ya no podía escucharla.

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