Mientras mi abogada habla yo estoy sentada mirando el horizonte de madera donde, un poco más arriba, está la jueza. ¿Dónde estoy? Mi entorno parece muerto sin sonidos, mis ojos están húmedos y mi mente confusa. Me toco la cara, la siento chupada, áspera, pálida… Respiro muy lentamente, me duele el pecho. Mi mano derecha desciende despacio desde mi rostro, por mi cuello hasta que llega a mi corazón y le oye “pum…pum”, sube y baja a su ritmo casi azaroso, inexplicable. ¿Estoy viva? ¿Dónde estoy? Nadie me escucha, mis labios están sellados, pegados uno encima del otro sin querer separarse. La voz no puede salir y tampoco lo desea, parece que el aire fuese a dañar mis pulmones. Cierro los ojos sin percibirlos, sin notar la diferencia entre la luz de la sala y la oscuridad que guardan mis párpados. Creo que ese frío que araña mi mejilla es una lágrima, pero no estoy segura. De pronto estoy en la playa, oigo las olas llegar hasta la arena con gran rapidez y luego acariciarla con tern...