Amigo, muchas veces te miro y te esquivo, tu portada me provoca pero vuelvo a la rutina del ordenador mezquino. Campanas suenan, hacen eco en mi oído, recuerdo tus páginas en mis manos, el sonido de la hoja al pasar al otro lado. La pregunta sin respuesta, la respuesta sin pregunta y el tanteo de una duda que acaba en sonrisa o en lágrima rota por un final abierto, despeinado y travieso que desata y retrata nuevos rostros de épocas pasadas a encontrar entre otras letras. Amigo, no creas que te olvido, estás allí, a mi lado, en el estante bajo la mesa, bajo la lámpara al lado de mi cama, entre las sábanas al recibir el abrigo del cansancio. El río suena mientras los peces marchan, la sierra se duerme mientras acabo el último párrafo, la última palabra, la última que me deparas hasta volver a encontrarte mañana.