“No llores o desahógate, mejor”, le dijo el Sol a la Luna y la Luna lloró. Lloró tanto que el Sol también se mojó, se inundaron los ríos y los mares y la tierra desapareció. Lloró tanto que el planeta empezó a llamarse Agua y la Luna en ella se reflejó. Se vio ojerosa y fea, pero eso no la deprimió sino que la hizo sonreír. El Sol había quedado exhausto en su abrazo apretado, pero prefirió dormirse abrazado a la Luna antes que dejarla sola. La Luna se preocupó por el desastre ocasionado y despertó al Sol. “Ríe o desahógate, mejor. Brilla para que la vida vuelva a brotar” Y el Sol se desperezó y empezó a evaporar el agua, aparecieron las montañas, los árboles y las plantas, regresó la vida a la Tierra y a la Luna su esperanza. ¿Qué se hace con la tristeza? Lo mismo que con la alegría: Se la deja fluír.